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Žižek sobre el “gran Otro” lacaniano

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§ 1. ¿El gran qué?

Slavoj Žižek, en su libro Cómo leer a Lacan (Buenos Aires: Paidós, 2008) . Este libro que, si bien puede contener varios refritos para quien ya lo viene leyendo desde hace años, no deja de ser un texto bastante “divertido” y útil como introducción a Lacan y al propio Žižek). He estado escribiendo (aquí, aquí y aquí) cómo Žižek, en El espinoso sujeto, presenta algunas lecturas sobre Hegel que, si bien pueden ser bastante discutibles, no por ello dejan de ser interesantes. La razón por la cual me gustaría ahora dar el salto a este texto, texto que es mucho más “exotérico” que El espinoso sujeto, es porque ahí Žižek presenta su propia lectura de lo que significa el concepto lacaniano del “gran Otro”. Quiero vincular este concepto con lo anterior ya que Žižek, como ya se sabe,  hace una lectura lacaniana de…

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“¿Sustancia o sujeto?” “¡Sí, por favor!”

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“A lot of what I write is blah, blah, bullshit, a diversion from the 700-page book on Hegel I should be writing.”

 Slavoj Žižek, entrevista en The Guardian, 2011

Como se sabe, Slavoj Žižek no es lo que podríamos llamar un “pensador sistemático” (si es que existe tal cosa en la filosofía). He estado leyendo estas últimas semanas su ya conocido libro El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política (Buenos Aires: Paídós, 2005. El original fue publicado en la Editorial Verso en 1999). A pesar de que Žižek  es Žižek (me refiero a su particular estilo y manera de reflexionar filosóficamente o de “hilar” sus propias ideas), por momentos éste libros parecería ser lo más cercano que el esloveno tiene a un libro de filosofía “normal” (si tal cosa existe). Al margen de esto, el libro me llamó bastante la atención (aunque todavía no lo termino, me…

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Sobre la violencia terrorista

Quiero empezar previniéndoos de una falsa interpretación: no soy un horrendo izquierdista deseoso de acabar con lo poco que queda de este “sistema” ni quiero hacer en este artículo apología de la violencia revolucionaria. Únicamente quería señalar la aproximación terriblemente errónea desde la cual se nos explica y entendemos el fenómeno del terrorismo. Los hechos como los ocurridos ayer 7 de enero en París nos devuelven a la reflexión sobre uno de los problemas fundamentales sin los cuales ningún historiador podrá entender el siglo XXI.

Cuando vemos a todo el pueblo francés y europeo unido en repulsa contra estos horrendos actos, se nos queda la sensación de que de verdad, y muy muy en serio, nos creemos que el terrorismo es un desafío al Estado, a unos supuestos valores civilizatorios, a unos determinados derechos humanos, o a la civilización misma. No es raro: ciertamente se nos enseña el terrorismo como un desafío al Estado, por cierto, uno de los tres grandes desafíos. En mi carrera me explicaron que el Estado moderno estaba asediado por la 1) Globalización económica, 2) el retorno de la religión que amenazaba las todo laicas sociedades del bienestar europeas y el 3) terrorismo, como ataque directo al Estado y al bienestar.

Para explicar por qué creo que hay algo erróneo en este planteamiento, quisiera señalar antes qué opino sobre la violencia. Verdaderamente hay un elemento intrínseco de valentía en toda forma de violencia: es el momento en el cual un sujeto se pone por encima de otro y es capaz de señalar que es más fuerte y que en de alguna forma tiene un cierto poder sobre la vida del otro que el otro no posee. Incluso el Estado reconoce una forma realmente valiente de violencia: la defensa propia. Pues bien, ese sujeto violento puede ser una persona o un Estado, sin duda, pero no puede ser un terrorista, si tenemos en cuenta que la violencia debe medirse con respecto al objeto que se quiere cuestionar: un ladrón puede cuestionar violentamente mi derecho a la propiedad de mi móvil. ¡Y puede robarme! Es un valiente, porque yo jamás podría robarle nada a nadie, y menos por la fuerza. Entonces, en relación al objeto o forma que se pretende cuestionar, cualquier forma de violencia es indisociable a un elemento de valentía de quien la comete. Pero este elemento desaparece en el terrorismo. Es como sí, después de todo, esta forma de violencia llamada terrorismo fuera verdaderamente cobarde. Por pura ideología se nos enseña que el terrorismo es un desafío al Estado. Hay que decirlo claramente: ESO ES MENTIRA. El terrorismo es esencial, intrínsecamente cobarde, es la única forma cobarde de violencia. Si podemos decir que hay grados de valentía en cualquier forma de violencia, en el terrorismo está en su nivel más degenerado. Si el terrorismo fuera un desafío a los cimientos del Estado, si el Estado fuera su objeto cuestionable, ¿por qué no pone una bomba en la casa de George Bush o de los congresistas norteamericanos que llevaron a Estados Unidos a la guerra de Irak? De hecho, si os fijáis, en el mismo momento en que el terrorismo atacase al núcleo del poder, dejaría de ser terrorismo, porque dejaría de generar ese elemento de terror en la mayoría de la población, la eterna víctima (¿a qué persona puede aterrorizar una bomba puesta en casa de un criminal?). Si el terrorismo atacase el núcleo del poder opresivo, Estados Unidos tendría que haberse hundido tras los atentados del 11S, y muy al contrario, hoy es la incuestionable potencia militar del mundo, mucho más de lo que lo fuera en 2001. El terrorismo acaba elevando el poder del Estado a niveles nunca vistos (derecho penal del enemigo, leyes más restrictivas, militares por las calles).

Si el terrorismo es una reacción a un algo-que-aún-no-sabemos, es un puto fracaso. ¿O no será más bien que el poder lleva varias décadas aterrorizándonos con este fenómeno para distraernos, para desviar nuestra atención del hecho de que el verdadero cuestionamiento al Estado es la violencia revolucionaria, la violencia más valiente entre todas, la que de verdad iría contra el núcleo del poder que oprime siempre a los mismos? ¿Creeis que es casualidad que el terrorismo cobre importancia al hundirse utopía revolucionaria socialista?

Si nos adentramos en el escabroso terreno de la ética, diría que desde una ética kantiana, que está basada en la dignidad y los derechos humanos, el terrorismo ataca derechos segmentados del ser humano tales como la libertad de expresión y la vida, que no es poco. Pero este fenómeno, por ser tan novedoso, requiere de una ética más universalista, una ética que nos ayude a entender que lo que pasó ayer es un ataque directo a la humanidad, a esta capacidad que todos los seres humanos tenemos de, a través de nuestro intelecto, llegar a ciertas verdades que sirven para todos, y por tanto universales. Los sucesos de ayer son la auténtica maldad del derrumbe y la degradación del ser humano en su humanidad, con el agravante de que no van a lo fundamental, a cuestionar lo que bien podrían cuestionar; son la maldad hecha derrumbamiento no porque atacaran dos derechos fundamentales***, sino porque, a diferencia de las otras formas de violencia (que destruyen su objeto y van a lo esencial del mismo), lo que pasó ayer, siendo un acto perpetrado por dos sujetos que siguen una falsa verdad, que quieren imponerla matando y que no van a cuestionar con ello el poder opresor, nos están arrebatando al resto de la humanidad la capacidad de que lleguemos juntos a hallar las verdades universales, las que sirvan para todos, de que juntos podamos liberarnos de la opresión, de que juntos podamos luchar contra quienes de verdad nos están oprimiendo, algo que al parecer Charlie Hebdo hace magníficamente. En el terrorismo nos estamos matando entre hermanos.

Ahí lo dejo.

***la prensa hoy apenas parece recalcar uno, el que tiene que ver con ella; por cierto, dándose una antinomia en el hecho de que los medios de comunicación pueden encontrar muy buenos argumentos para defender la libertad de expresión como muy buenos argumentos para oprimirla, según les interese. Lo que debería llevarnos a reflexionar sobre si este enfoque de los derechos o libertades humanas no es muy interesado: los medios se valen de él para defender una cosa y la contraria, y al defender la contraria es casi siempre a favor de la “estabilidad institucional”, vamos, el statu quo. Pensad, pues, en cada uno de los derechos humanos: el poder mediático es capaz de encontrar buenos argumentos para la protección y defensa de la vida y buenos argumentos para su destrucción; y así, para el derecho al honor, al trabajo, al ocio, y a cada uno de los demás derechos, menos el de propiedad, claro.

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Sobre el amor y la salvación

Escribe Santo Tomás: ‘en Cristo se dio una caridad (amor o agapé) perfecta; sin embargo no se dieron ni la fe ni la esperanza’. Se puede entender que si para Santo Tomás de Aquino, Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, fue porque Cristo era Dios, y Dios no tiene necesidad de creer en Dios, porque se conoce a sí mismo, ni tiene nada que esperar, porque es a la vez omnisciente y omnipotente (sólo se espera lo que se ignora y uno no está seguro de alcanzar). ‘En Cristo no se dieron ni la fe ni la esperanza a causa de la imperfección que hay en ellas. Pero en lugar de la fe, tuvo una visión clarividente; y en lugar de la esperanza, una comprensión plena. Y por esta razón, la caridad fue perfecta en él’. Si Jesús, en opinión del propio Santo Tomás, nunca tuvo ni fe ni esperanza, ser fiel a Jesús no consiste en imitar su fe, ni tampoco su esperanza, sino eventualmente en imitar su visión y su comprensión, en la medida en que seamos capaces de hacerlo; y en cualquier caso, en imitar su amor. ¿Quién de nosotros se interesa por los evangelios a causa de los milagros? Prescindiría fácilmente de los milagros, pues desde luego no creo en ellos, y por lo demás muchos cristianos piensan, como yo, que lo importante en los Evangelios no es eso. Jesús era algo diferente a un faquir o a un mago. El amor, y no los milagros, es lo que constituye lo esencial de su mensaje. ¿Es más importante su carácter divino o el mensaje de su vida y sus parábolas? Si Jesús no hubiera resucitado, ¿daría esto la razón a sus verdugos? ¿Desacreditaría su mensaje de amor y justicia? Desde luego que no. Por eso lo esencial, que no es la salvación divina, sino “la verdad y la vida” permanece a salvo. ¿Existe una vida después de la muerte? De esto no sabemos nada. Los cristianos creen en ella, al menos la mayoría de las veces (muchos tienen, pues, fe y esperanza). Yo no. Pero hay una vida antes de la muerte, y esto es lo importante. No esperemos a ser salvados para ser humanos. Prescindamos de la fe y de la esperanza. Tener fe es creer y tener esperanza es esperar lo que no se tiene. En lugar de ello, ¡actuemos! “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no por mí” adquiere una nueva interpretación. No nos hace falta esperanza ni fe. Sólo amor. Si seguimos el camino del amor hallaremos el paraíso en la tierra, en nuestra vida misma. Con la acción y sobre todo con el amor, ya no necesitamos de esperanza ni de fe que nos hagan creer y esperar que el Paraíso está en otra parte. Con el amor el Paraíso lo hallaremos en nuestra vida, única por lo demás. El amor es el camino.

André Comte-Sponville

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“El Pueblo” y el sujeto político del siglo XXI

Con ocasión del debate sobre el proyecto de Ley Orgánica de Abdicación del Rey Juan Carlos I, llama la atención, aunque ya no sorprende, la apelación al “pueblo” que hacen los partidos de izquierdas y los partidos nacionalistas, para sustentar la legitimidad de la institución de la jefatura del Estado y para justificar los nuevos consensos sobre los que – dicen – debe surgir el modelo al que aspiran. Basar en el siglo XXI la legitimidad del poder político en un sujeto como el pueblo es muy peligroso, pues basta con que un solo individuo piense o actúe de forma diferente al resto para que quede completamente invalidada la idea de pueblo. El pueblo presupone uniformismo, homogeneización, nada más contrario a la pluralidad sobre la que se deben basar los consensos que las sociedades democráticas necesitan y reclaman.

 

Si ahora debemos dotarnos de un nuevo contrato social (y no digo en España sino en la mayoría de sociedades democráticas contemporáneas), algo que creo que así es y que terminará pasando, es interesante recordar en principio a Habermas, a Arendt, y al contractualismo del siglo XVIII. En Habermas he visto hace poco una distinción entre lo político y lo prepolítico, algo que espero trasladar a quienes me lean este artículo. Si la teoría del Contrato Social del siglo XVIII (es decir, el de Hobbes, Locke, Rousseau y Kant) tuvo que dotar de carácter político al pueblo, a la nación, etc. para poder justificar el poder resultante del pacto, la soberanía del Estado, ese carácter no podemos reconocérselo al sujeto del contrato del siglo XXI. Es ciertamente esperable que atribuyendo carácter político a estos sujetos, fuese más fácil superar la dominación, el oscurantismo, la legitimación divina de los reyes absolutistas, el estado de guerra del todos contra todos que había, y por ende, señalar el camino hacia una comunidad donde fuesen pueblo o nación los soberanos, legitimados racionalmente. No es muy sensato esperar que se hablara de ciudadanos individuales en aquella época, era más fácil recurrir a un pueblo como un todo, un todo que arrebatase la soberanía al monarca y se la quedara él en adelante.

 

Pero en el siglo XXI pueblo y nación ya se nos presentan como sujetos prepolíticos, anteriores a la comunidad política, son antiguallas. Y no digo ya sus pretendidos derechos y fueros. Hoy un pacto social no puede surgir de estos sujetos sin caer en lo irracional y lo ilegítimo. Nuestras sociedades ya establecieron el Estado de una forma racional hace tiempo, y por tanto ya no cabe que la justificación teórica de la soberanía se siga basando en conceptos etéreos que homogeneizan más que reconocen la pluralidad. Por tanto, para asegurar la pluralidad y no devenir en tiranía, el sujeto político del siglo XXI, aquel que debe reformular los consensos, son los ciudadanos sujetos de derechos. Toda fuerza política que intente dotar de carácter político al pueblo, a la nación, al proletariado, y que encima pretenda reconocerle derechos en cuanto tal, es como mínimo merecedora de desconfianza desde el primer momento.

 

Esta idea del carácter político del hombre ya está en Aristóteles, conviene recordarlo aunque sea obvio: el ser humano es un animal político o zoon politikon. Creo también que esta idea encuentra su máxima perfección en Hanna Arendt, para quien la política forma parte de la condición humana, de su propia naturaleza. En ella, de la misma manera que ladrar forma parte de la naturaleza de un perro, la política forma parte de la naturaleza del hombre. Es probable que Arendt desarrollara esta idea para elaborar su crítica fundamental al totalitarismo, quien otorgó carácter político al hombre en tanto miembro de un pueblo, una nación o un proletariado, derivando en el peor uniformismo de nuestra historia y en la peor negación de la condición humana que fue el nazismo y el estalinismo.

Al incardinar la política en la naturaleza humana, Arendt nos está diciendo que ya no hacen falta los conceptos de polis (Aristóteles y Platón), de pueblo (Rousseau) o nación (Robespierre) para dar sentido a la comunidad política y para firmar nuestro nuevo contrato. Nos quedamos, pues, con los ciudadanos, único sujeto político ya porque ya tiene el Estado y el Imperio de la ley racional y deliberada, sólo que quiere modificar los términos del contrato desde la pluralidad intrínseca a su condición. Y para garantizar su pluralidad, sólo cabe entenderlos como individuos. Desarrollando su propia naturaleza el ser humano, en sociedad con los otros, no es más que uno más de los muchos ciudadanos. Si la política es la expresión de la condición humana en la pluralidad (Arendt), la ciudadanía no es más que ese desarrollo social de nuestra propia naturaleza. La ciudadanía surge de mi condición en la pluralidad, no de un ente etéreo uniformizante. La ciudadanía no tiene, pues, un fundamento colectivista sino simplemente colectivo, derivado de nuestra condición humana en ejercicio con la de los otros. Y conviene que su defensa sea más racional que afectiva, dado que es evidente que los peligros son los de siempre, tienen la misma raíz: dotar de un carácter individual y uniforme a un ente que está formado por la más extensa pluralidad, la sociedad.

 

Si no queremos caer en la tiranía de la mayoría y si no queremos que nuestra democracia muera de excesos, evitemos el uso de los conceptos que por necesidad fueron políticos para los mejores filósofos de la Ilustración, pero que ahora quedan como anteriores a la política. Hay que agradecerles su fuerza teórica, pues nos dio la libertad con la que hoy contamos, pero se nos hace prioritario reformularlos en el sentido ya descrito o corremos el riesgo de que se repita la historia, y no precisamente para bien.

 

En un día como hoy en el que se ha producido un debate muy importante en la sede de nuestra soberanía, celebro formar parte de la que es quizá la única fuerza política de nuestro país que ha captado esta idea en toda su dimensión.

 

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Españoles españoles

Pica, a la verdad, en historia la unanimidad con que todas las clases españolas ostentan su repugnancia hacia los políticos. Diríase que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan de las cualidades para su menester imprescindibles. Diríase que nuestra aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro ejército, nuestra ingeniería, son gremios maravillosamente bien dotados y que encuentran siempre anuladas sus virtudes y talentos por la intervención fatal de los políticos. Si esto fuera verdad, ¿cómo se explica que España, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a esos perverso elegidos? 

José Ortega y Gasset, España invertebrada.

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Si no conoces la lengua no la toques, limítate a usarla como puedas.

A aquellos que, por desconocimiento del castellano, por pereza o por apuntarse a la moda de la paleoizquierda, o por las tres cosas juntas, les ha dado por autofeminizarse, por feminizar a los hombres en el lenguaje, por usar la @ o la X, por desdoblar el lenguaje, por inventar nuevos adjetivos en femenino, pensando con ello que así son más progres e inclusivos, les recomiendo este maravilloso artículo (click en la foto), del año pasado: Y un consejo, modificad aquello que ya conozcáis. Si no conoces la lengua no la toques, limítate a usarla como puedas.

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Si no conoces la lengua no la toques, limítate a usarla como puedas.

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