Ciencia Política, Comunicación politica, Política

Tenía que escribirlo

No voy a repetir lo que ya todos sabemos: que UPyD surge con un mandato ético nítido de defensa de determinados principios desde los cuales regenerar el sistema político y democrático de este país. Lo que me mueve a escribir estas líneas es más bien denunciar la niebla moralista – no moral ni ética, moralista – con la que se está corrompiendo el debate interno desde la debacle de las andaluzas el día 22 de marzo. Poco a poco se ha ido sustituyendo el sano debate político, legal y hasta comunicacional por una actitud moralizante en virtud de la cual cada uno agarra los principios que más le convienen para pontificar, determinar qué es lo bueno y lo malo, y lo que es peor, apuntarse al carro de lo que otros digan que es lo bueno y lo malo. Tanto en la actitud moral como en la moralista hay un(os) bueno(s) y un(os) malo(s), pero en esta última el bueno soy yo y los malos son los otros: tras un examen multidisciplinar, el moralista acaba concluyendo que todo lo que hace el otro está mal porque, habiendo abandonado en el análisis las otras disciplinas, se queda con la moral, con su moral, para juzgar y sojuzgar.

– ¡Póngase en plan moralista!

En efecto, como ésa es la bruma que recorre todo el debate, y si aquí, desde la Primera Dama hasta el último mono nos hemos puesto moralistas, vengo, pues, a escribir aquí como el primero de ellos. ¿No te parece inmoral que si hay dos conductas políticas legales, el partido determine que una es inmoral y la otra no? ¿No te parece inmoral que un político del partido cobre más de 100.000 euros anuales? ¿No te parece inmoral que alguien se dedique a regenerar moralizando, vamos, aplicando sus principios a todos menos a sí mismo? ¿No te parece inmoral que un político del partido nos trate como si fuera nuestra madre? ¿No te parece inmoral que parezca inmoral disentir, lo que no es más que la monstruosidad de tener una opinión diferente? ¿No te parece inmoral que el partido done mas de 200.000 euros a una ONG con el único afán de notoriedad? A la caridad no se obliga. La caridad nace y la hace uno callado, todo lo demás es impostura, postureo, ahogada necesidad de cámaras. Ah, ¿ves? éstos son los peligros de convertir esto en un debate moralista. A ver si tras el Congreso se empieza a hacer de otra manera.

– De los 100.000 euros de sueldo no habías dicho nada, Andres. ¡Qué malo eres! Te lo habías callado, como muchos, y ahora te sobreviene esa idea.

Ya he dicho que si en el vértice se han puesto moralistas, me apunto yo también. Para moralista yo. Además, no creo en la inmutabilidad de las posturas políticas, no soy tan platónico. La gente opina y puede cambiar de opinión. Puede callar algo o decirlo cuando le plazca. Tras un shock es muy probable que alguien acabe opinando diferente sobre la misma cuestión, bien podría ser lo que le ha pasado a Toni Cantó y a Irene Lozano, y es totalmente legítimo. Exigirle a alguien pureza doxástica, entendida ésta como el hecho de mantener ad eternum la misma opinión es, en un partido, la actitud más totalitaria que pueda darse. Hay mucho pajarraco desquiciado exigiendo tal cosa: el Primer Insobornable.

– ¿Y no te parece inmoral lo del señor Calvet? Mira que los títulos no hacen al honesto…

Jamás he dicho eso. Me aterra que personas que no han acabado la carrera acusen a alguien de no irse de una institución por los jugosos 6000 euros mensuales que le reporta. Uno va y mira el curriculum del susodicho y se topa con que lleva 15 años en una institución europea, así que, conocer conocerá Europa. Así, pues, querría dejar abierta la posibilidad de que si no se va no es por los dichosos 6000 euros. Así que, mi crítica iba de nuevo más a la actitud moralista que a considerar la simpleza de que la suma de títulos hacen a alguien honrado. No hago juicios tan simples. La gente entiende lo que quiere y todo es muy legítimo. Puede que lo que vamos sabiendo del señor Calvet nos diga que no era tan honesto, pero puestos a moralizar, hagámoslo con todos. Ah no, que el moralizante sólo ve al malo en el contrario, arriba queda dicho.

– Déjese ya de moralinas y hábleme… no sé, de comunicación política, por parecer un poquito más multidisciplinares

Nefasta. Mira, el 23 de marzo yo juraba por mis muertos que Rosa se iba. Estaba seguro de que habría una dimisión en bloque de toda su dirección y un cambio de rumbo. Y así lo dije. Sinceramente esta derrota se puede atribuir a toda una serie de causas que tienen como base la disonancia cognitiva entre lo que el partido presenta como problema y lo que los ciudadanos consideran como problema. Si tú presentas la corrupción como el principal problema (yo opino así) y basas tu campaña en eso es porque quieres que la gente lo vea como tal. Es como ser vendedora de Avon. Y si no consigues que los que votan consideren que la corrupción es el principal problema del país, ahí tenemos un problema brutal de disonancia cognitiva. Y lo que es peor y desastroso: que consigas que la gente acabe asumiendo que la corrupción es el principal problema (con lo que se acaba la disonancia) y que aún así ni te voten. Es la catástrofe. Y como tal merece una responsabilidad mucho mayor de la que se ha producido. Te estoy hablando en términos estrictamente de comunicación, como los que voy a emplear para criticar el nuevo mantra: Rosa ha dicho ayer mismo que somos el primer partido que se marcó una fecha de caducidad: cuando no seamos necesarios para España. La primera pregunta honesta que hay que hacerse es: ¿para quién? Yo, partido, puedo estar muy seguro de que soy necesario para España pero la disonancia aparece cuando España deja de considerarme necesario, en cuyo caso ya se podría cerrar la paraeta (no se apresure el que siempre se apresura, que no me malinterprete por el amor de Dios, no estoy diciendo que haya que cerrar la paraeta ni que me voy a desafiliar o algo similar). ¿Dónde se marca la línea? ¿Cuando lo consideren los votantes o cuando lo considere yo? Si es cuando lo consideren los votantes, ya puedo ir cerrando; ahora bien, si es cuando lo considere yo, ya puedo empezar mi travesía de 40 años en el desierto… y sin maná. ¡Como no quiero cambiar el rumbo! A dar, pues, vueltas en línea recta, que es como siempre se ha perdido la gente.

Pura demagogia. Un puro agarrarse a la poltrona, una torticera argumentación que se basa en nuestra imbecilidad, en nuestra falta de crítica, en que muchos son rebaño y quieren seguir siendo rebaño. Sólo así es posible que haga lo que hace y no pase nada. Diciéndonos como nuestra madre coraje que somos autónomos e insobornables, lo que hace es sobornarnos imponiéndonos la visión menos autónoma.

Yo sí que soy insobornable.

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Política

La política como melodrama

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“La metáfora del espectáculo – la política como puesta en escena – es la que mejor explica los principios y procesos de la comunicación política. A fin de cuentas, la mayor parte de la gente ve la política hoy desde el sillón de su casa y habla de ella como si se tratara de una representación ajena. La inmensa mayoría no participa nunca; si lo hace, es a duras penas votando cada cuatro años. Los gobernantes se saben actores cuyo desempeño depende no tanto de lo que hacen como del resultado final de su representación. Y los medios, sus propietarios y sus trabajadores son conscientes de que, por serios y responsables que pretendan ser, deben ofrecer un espectáculo si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente”.

He querido comenzar estas líneas con unas palabras del politólogo Luis Arroyo que hacen un diagnóstico bastante acertado de la forma en que se comportan actualmente en España los actores implicados en esta puesta en escena que es la política, desde una particular visión aportada por la comunicación política. Una forma muy operativa de entender la política viene desarrollándose en este campo, y consiste en verla como un escenario en el cual todo ciudadano, sin excepción, tiene un papel, no necesariamente predecible o pronosticable, y que puede llevar a cabo, de cualquier manera, sin que esto implique que el investigador desatienda un tipo ideal de comportamiento desde el cual juzgar la representación actoral. Yo personalmente considero que esta aproximación, entender la política como una puesta en escena teatral, es una forma muy interesante de acercarnos, investigadores y ciudadanos de a pie, a los fenómenos políticos, juzgarlos y a lo sumo entenderlos, algo harto difícil en un contexto de pura desorientación interpretativa como el actual, en el que cada actor parece estar alejándose de ese papel ideal que le había otorgado la política democrática.

Si algo es compartido en este campo es que esta gran pieza teatral, sea tragedia, drama o comedia, es un espectáculo, con visos de tragicomedia tediosa y anodina. ¿Y dónde comienza este cambio? ¿En qué punto se convierte la obra en puro espectáculo pueril? Sencillo: en el desaire que cada actor le ha hecho a su guión. Los fenómenos de los últimos días en este patio de butacas que es España dan buena cuenta de ello: asistimos impávidos a la función del político que no responde por sus actos ni a preguntas; del presidente de gobierno que a base de repetir la sandez del chantaje espera persuadir al oyente, buscando su empatía; del periodista que viola sistemáticamente su código deontológico, que no pregunta ni sabe preguntar, que se pliega ante el jefecillo de turno, que no respeta la verdad pues la ha reemplazado por el titular, a cual más amarillo mejor; asistimos, digo, a la salida del rebaño de juventudes que reproduce, cual borrego orwelliano, las frases hechas del político, al que aplaude con entusiasmo como el diputado servil al que aspira llegar a ser; contemplamos al fiscal, que le roba sin escrúpulos el papel al abogado del diablo; asistimos a la entrada de la oveja negra, la que se ha hecho con el tempo de la obra, pues la dirige a su antojo, marcando ella el ritmo, con la inestimable ayuda del poderoso medio de comunicación, el sofista de todo el siglo XX, que ya hace mucho tiempo abandonó la búsqueda de la verdad y la importancia de informar, malenseñando de paso al becario, entre otras cosas, para no cederles más terreno a las redes sociales, que ya le han aleccionado en que la única forma de mantenerse es haciendo de este espectáculo más espectáculo. Son estos los años de la desorientación. Ésta es la España de nuestros días. Y el gran responsable, aunque no el único, es el espectador, que bosteza porque ve la obra como ajena, que no se atreve a interrumpirla o a abandonar la sala pidiendo que le sea devuelto el dinero porque no es esto por lo que ha pagado, exigiendo mejores actores, un nuevo guión. Tan cómodo en su butaca, sólo escucha al más histriónico; con su asistencia pasiva legitima al resto de actores. Ocasionalmente comenta con otro una mentira oída, una enmienda falsa, una burla descarada, pero poco más. Todo su guión consiste en asistir y comentar. Es por eso por lo que el resto de malos actores se permite continuar insolentemente con la función.

Y en este escenario dantesco y poco alentador, ¿hay espacio para los buenos actores, aquellos cuyo rol se acerca más al ideal de la política democrática? Sin duda. Ocupan un pequeño espacio. Toda su labor consiste en hacerse oír, sin caer nunca en el método del más demagógico y del más amarillista, llevando a cabo la difícil tarea que hoy implica divulgar la verdad con argumentos racionales, sin prejuicios, sin el recurso a la estridencia, sin toda la energía puesta en el titular. Es la labor del que cree en la política como el oficio por el cual despertar del letargo al ciudadano para conseguir su inmediata y verdadera implicación en la obra, con el papel que le corresponde, devolviendo con cada paso, con cada acción, con cada palabra, un poco más de la dignidad robada a la misma. Es el actor que cree que la política no es el medio para desarrollar la obra sino que es la obra misma, indivisible de la democracia y sus presupuestos básicos: su ideal de ciudadano, la transparencia y exigencia de responsabilidad política, civil, administrativa, penal… el respeto a las instituciones, a los derechos civiles, políticos y sociales; la sumisión al Estado de Derecho y al Imperio de la Ley.

El guión del buen ciudadano es un libreto que aún está por terminar. No se ha escrito de una vez y por todas, sólo puede construirse poco a poco con una participación y una implicación activas en la obra, atendiendo a los valores de la democracia liberal, renunciando a los recursos de los pésimos actores, a los que se les ha tolerado por mucho tiempo el daño inmenso que han venido haciendo y que aún hacen a nuestro país.

Es mi intención llamar la atención sobre el grave problema ético que planea sobre los nuestros medios de comunicación, actores indispensables, sino los más importantes, porque, ¿quién ha visto en persona al Presidente del Gobierno?, ¿quién ha vivido físicamente de cerca los entresijos de nuestra política actual?: si lo pensamos detenidamente, todo lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos sabemos es gracias a los medios de comunicación. Sin éstos, cada persona tendría muy difícil el acceso a la información que resulta de nuestros procesos políticos. Que en Twitter esperemos en vilo la portada de un periódico, que mando en mano y frente a la televisión esperemos oír una declaración que nunca llega, son buenas muestras de la extraordinaria importancia de los medios de comunicación, que, para su alivio, parecen estar relegando a las redes sociales a simples pero potentes focos de opinión de sofá. ¿Y cómo podría resumir el problema ético de nuestros medios y de, dicho sea de paso, quienes los conforman? Hace ya tiempo que el periodismo debió dejar de sentarse en ruedas de prensa donde no se va a contestar nada. Hace ya tiempo que el periodismo perdió el respeto por la verdad, al acomodarse en una rueda de prensa a sabiendas de que al día siguiente las ventas de su periódico son el producto de la reproducción a toda página de engaños y sofismas, trampas y mentiras, porque por eso las considera importantes y las publica, para que vendan. Lo que importa es vender, vender espectáculo, si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente.

 

Hay mucho por hacer desde el mundo del periodismo. Pero también desde la práctica política. Todo puede empezar a cambiar si los políticos de nuestro país se toman en serio que la responsabilidad política es diferente de la jurídica, y de que, en todos los casos, aunque siempre se presuma la inocencia del político en tanto ciudadano, debe responder por las implicaciones políticas de sus actos privados y no tan privados. Esto es algo que los ciudadanos debemos recordarles constantemente, acostumbrados a exigir dimisiones pero a no hacer nada cuando éstas no se producen.

Andrés Álvarez Giraldo

Estudiante de Ciencia Política en Universidad de Valencia

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Política

Semana horribilis

Termina la semana y en el Partido Popular no ha habido ninguna dimisión. Tras todo lo que hemos conocido estos días uno se imagina cómo las dimisiones ya deberían estar sucediéndose,una tras otra, a la vez que los jueces haciendo su trabajo de instrucción con ayuda de la policía. No. Nada más lejos de lo ideal: ni dimisiones ni depuración de responsabilidades ni el menor interés en reconocer el error. El por desgracia presidente del Gobierno ha dicho hoy que “cuando tenga conocimiento de alguna actitud irregular en su partido no le temblará la mano” o algo así. Me pregunto a qué espera: éste es el momento perfecto para poner en práctica lo prometido hoy mismo. Pero no, con ellos no va la cosa. Siempre encuentran la manera de decir Diego donde dijeron digo y, pese al inconmensurable material periodístico, mantenerse en el engaño y pretender que nos engañan. El caso es que el efecto de nuestra indiferencia es equivalente al efecto de que en realidad nos engañaran. De qué nos sirve ser conscientes de lo que están haciendo con nuestro dinero, nuestra dignidad, nuestra confianza y nuestro futuro si no hacemos nada para remediarlo. Las legislaturas del engaño no pueden durar cuatro años. La democracia sencillamente no soporta la corrupción en ninguna de sus formas, y menos cuando ha devenido en metástasis. Todo este cáncer, el cual Rosa Díez convirtió en el centro de su intervención en el debate de investidura para recordarnos que un solo caso es demasiado, es en gran parte culpa nuestra. La noche del viernes hubo poquísima gente protestando frente a las sedes de la ignominia, cuando fuimos convocados todos los españoles a ponernos frente a Génova, Quart y el resto de sedes del Cártel Criminal para demostrarles que con nuestra tolerancia ya no iban a contar. Estuvimos muy pocos. Lo cierto es que estamos solos. Por esta razón detesto que achaquemos a la democracia los males que son nuestros, que digamos que es culpa del sistema democrático lo que es culpa nuestra, que digamos que no existe una democracia real cuando existe en verdad pero la misma no cuenta con ciudadanos reales, con ciudadanos dignos de merecerla. Porque ella al fin y al cabo es un sistema abstracto y sin conciencia y nosotros somos reales y con conciencia y además sin vergüenza y con las ganas de mejorarla sólo en la punta de la lengua. Esa democracia, a la que atribuimos todos los males y defectos – males que son nuestros y sólo nuestros -, se compone de individuos que no están haciendo absolutamente nada para ser dignos de ella, que apenas están intentado algo por acercarla al ideal, que no quieren sacarla de los libros de teoría política. Por eso todos, políticos y ciudadanos, nos vamos a cargar a la democracia. Lo peor será que cuando nos la hayamos cargado diremos que era por su culpa, que el sistema no funcionaba, que la democracia así no valía. Y seremos los mismos, sólo que con el sistema que en verdad nos merecemos por idiotas. Conmigo que no cuenten.

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