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Sobre el amor y la salvación

Escribe Santo Tomás: ‘en Cristo se dio una caridad (amor o agapé) perfecta; sin embargo no se dieron ni la fe ni la esperanza’. Se puede entender que si para Santo Tomás de Aquino, Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, fue porque Cristo era Dios, y Dios no tiene necesidad de creer en Dios, porque se conoce a sí mismo, ni tiene nada que esperar, porque es a la vez omnisciente y omnipotente (sólo se espera lo que se ignora y uno no está seguro de alcanzar). ‘En Cristo no se dieron ni la fe ni la esperanza a causa de la imperfección que hay en ellas. Pero en lugar de la fe, tuvo una visión clarividente; y en lugar de la esperanza, una comprensión plena. Y por esta razón, la caridad fue perfecta en él’. Si Jesús, en opinión del propio Santo Tomás, nunca tuvo ni fe ni esperanza, ser fiel a Jesús no consiste en imitar su fe, ni tampoco su esperanza, sino eventualmente en imitar su visión y su comprensión, en la medida en que seamos capaces de hacerlo; y en cualquier caso, en imitar su amor. ¿Quién de nosotros se interesa por los evangelios a causa de los milagros? Prescindiría fácilmente de los milagros, pues desde luego no creo en ellos, y por lo demás muchos cristianos piensan, como yo, que lo importante en los Evangelios no es eso. Jesús era algo diferente a un faquir o a un mago. El amor, y no los milagros, es lo que constituye lo esencial de su mensaje. ¿Es más importante su carácter divino o el mensaje de su vida y sus parábolas? Si Jesús no hubiera resucitado, ¿daría esto la razón a sus verdugos? ¿Desacreditaría su mensaje de amor y justicia? Desde luego que no. Por eso lo esencial, que no es la salvación divina, sino “la verdad y la vida” permanece a salvo. ¿Existe una vida después de la muerte? De esto no sabemos nada. Los cristianos creen en ella, al menos la mayoría de las veces (muchos tienen, pues, fe y esperanza). Yo no. Pero hay una vida antes de la muerte, y esto es lo importante. No esperemos a ser salvados para ser humanos. Prescindamos de la fe y de la esperanza. Tener fe es creer y tener esperanza es esperar lo que no se tiene. En lugar de ello, ¡actuemos! “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no por mí” adquiere una nueva interpretación. No nos hace falta esperanza ni fe. Sólo amor. Si seguimos el camino del amor hallaremos el paraíso en la tierra, en nuestra vida misma. Con la acción y sobre todo con el amor, ya no necesitamos de esperanza ni de fe que nos hagan creer y esperar que el Paraíso está en otra parte. Con el amor el Paraíso lo hallaremos en nuestra vida, única por lo demás. El amor es el camino.

André Comte-Sponville

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