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“El Pueblo” y el sujeto político del siglo XXI

Con ocasión del debate sobre el proyecto de Ley Orgánica de Abdicación del Rey Juan Carlos I, llama la atención, aunque ya no sorprende, la apelación al “pueblo” que hacen los partidos de izquierdas y los partidos nacionalistas, para sustentar la legitimidad de la institución de la jefatura del Estado y para justificar los nuevos consensos sobre los que – dicen – debe surgir el modelo al que aspiran. Basar en el siglo XXI la legitimidad del poder político en un sujeto como el pueblo es muy peligroso, pues basta con que un solo individuo piense o actúe de forma diferente al resto para que quede completamente invalidada la idea de pueblo. El pueblo presupone uniformismo, homogeneización, nada más contrario a la pluralidad sobre la que se deben basar los consensos que las sociedades democráticas necesitan y reclaman.

 

Si ahora debemos dotarnos de un nuevo contrato social (y no digo en España sino en la mayoría de sociedades democráticas contemporáneas), algo que creo que así es y que terminará pasando, es interesante recordar en principio a Habermas, a Arendt, y al contractualismo del siglo XVIII. En Habermas he visto hace poco una distinción entre lo político y lo prepolítico, algo que espero trasladar a quienes me lean este artículo. Si la teoría del Contrato Social del siglo XVIII (es decir, el de Hobbes, Locke, Rousseau y Kant) tuvo que dotar de carácter político al pueblo, a la nación, etc. para poder justificar el poder resultante del pacto, la soberanía del Estado, ese carácter no podemos reconocérselo al sujeto del contrato del siglo XXI. Es ciertamente esperable que atribuyendo carácter político a estos sujetos, fuese más fácil superar la dominación, el oscurantismo, la legitimación divina de los reyes absolutistas, el estado de guerra del todos contra todos que había, y por ende, señalar el camino hacia una comunidad donde fuesen pueblo o nación los soberanos, legitimados racionalmente. No es muy sensato esperar que se hablara de ciudadanos individuales en aquella época, era más fácil recurrir a un pueblo como un todo, un todo que arrebatase la soberanía al monarca y se la quedara él en adelante.

 

Pero en el siglo XXI pueblo y nación ya se nos presentan como sujetos prepolíticos, anteriores a la comunidad política, son antiguallas. Y no digo ya sus pretendidos derechos y fueros. Hoy un pacto social no puede surgir de estos sujetos sin caer en lo irracional y lo ilegítimo. Nuestras sociedades ya establecieron el Estado de una forma racional hace tiempo, y por tanto ya no cabe que la justificación teórica de la soberanía se siga basando en conceptos etéreos que homogeneizan más que reconocen la pluralidad. Por tanto, para asegurar la pluralidad y no devenir en tiranía, el sujeto político del siglo XXI, aquel que debe reformular los consensos, son los ciudadanos sujetos de derechos. Toda fuerza política que intente dotar de carácter político al pueblo, a la nación, al proletariado, y que encima pretenda reconocerle derechos en cuanto tal, es como mínimo merecedora de desconfianza desde el primer momento.

 

Esta idea del carácter político del hombre ya está en Aristóteles, conviene recordarlo aunque sea obvio: el ser humano es un animal político o zoon politikon. Creo también que esta idea encuentra su máxima perfección en Hanna Arendt, para quien la política forma parte de la condición humana, de su propia naturaleza. En ella, de la misma manera que ladrar forma parte de la naturaleza de un perro, la política forma parte de la naturaleza del hombre. Es probable que Arendt desarrollara esta idea para elaborar su crítica fundamental al totalitarismo, quien otorgó carácter político al hombre en tanto miembro de un pueblo, una nación o un proletariado, derivando en el peor uniformismo de nuestra historia y en la peor negación de la condición humana que fue el nazismo y el estalinismo.

Al incardinar la política en la naturaleza humana, Arendt nos está diciendo que ya no hacen falta los conceptos de polis (Aristóteles y Platón), de pueblo (Rousseau) o nación (Robespierre) para dar sentido a la comunidad política y para firmar nuestro nuevo contrato. Nos quedamos, pues, con los ciudadanos, único sujeto político ya porque ya tiene el Estado y el Imperio de la ley racional y deliberada, sólo que quiere modificar los términos del contrato desde la pluralidad intrínseca a su condición. Y para garantizar su pluralidad, sólo cabe entenderlos como individuos. Desarrollando su propia naturaleza el ser humano, en sociedad con los otros, no es más que uno más de los muchos ciudadanos. Si la política es la expresión de la condición humana en la pluralidad (Arendt), la ciudadanía no es más que ese desarrollo social de nuestra propia naturaleza. La ciudadanía surge de mi condición en la pluralidad, no de un ente etéreo uniformizante. La ciudadanía no tiene, pues, un fundamento colectivista sino simplemente colectivo, derivado de nuestra condición humana en ejercicio con la de los otros. Y conviene que su defensa sea más racional que afectiva, dado que es evidente que los peligros son los de siempre, tienen la misma raíz: dotar de un carácter individual y uniforme a un ente que está formado por la más extensa pluralidad, la sociedad.

 

Si no queremos caer en la tiranía de la mayoría y si no queremos que nuestra democracia muera de excesos, evitemos el uso de los conceptos que por necesidad fueron políticos para los mejores filósofos de la Ilustración, pero que ahora quedan como anteriores a la política. Hay que agradecerles su fuerza teórica, pues nos dio la libertad con la que hoy contamos, pero se nos hace prioritario reformularlos en el sentido ya descrito o corremos el riesgo de que se repita la historia, y no precisamente para bien.

 

En un día como hoy en el que se ha producido un debate muy importante en la sede de nuestra soberanía, celebro formar parte de la que es quizá la única fuerza política de nuestro país que ha captado esta idea en toda su dimensión.

 

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