Política

La política como melodrama

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“La metáfora del espectáculo – la política como puesta en escena – es la que mejor explica los principios y procesos de la comunicación política. A fin de cuentas, la mayor parte de la gente ve la política hoy desde el sillón de su casa y habla de ella como si se tratara de una representación ajena. La inmensa mayoría no participa nunca; si lo hace, es a duras penas votando cada cuatro años. Los gobernantes se saben actores cuyo desempeño depende no tanto de lo que hacen como del resultado final de su representación. Y los medios, sus propietarios y sus trabajadores son conscientes de que, por serios y responsables que pretendan ser, deben ofrecer un espectáculo si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente”.

He querido comenzar estas líneas con unas palabras del politólogo Luis Arroyo que hacen un diagnóstico bastante acertado de la forma en que se comportan actualmente en España los actores implicados en esta puesta en escena que es la política, desde una particular visión aportada por la comunicación política. Una forma muy operativa de entender la política viene desarrollándose en este campo, y consiste en verla como un escenario en el cual todo ciudadano, sin excepción, tiene un papel, no necesariamente predecible o pronosticable, y que puede llevar a cabo, de cualquier manera, sin que esto implique que el investigador desatienda un tipo ideal de comportamiento desde el cual juzgar la representación actoral. Yo personalmente considero que esta aproximación, entender la política como una puesta en escena teatral, es una forma muy interesante de acercarnos, investigadores y ciudadanos de a pie, a los fenómenos políticos, juzgarlos y a lo sumo entenderlos, algo harto difícil en un contexto de pura desorientación interpretativa como el actual, en el que cada actor parece estar alejándose de ese papel ideal que le había otorgado la política democrática.

Si algo es compartido en este campo es que esta gran pieza teatral, sea tragedia, drama o comedia, es un espectáculo, con visos de tragicomedia tediosa y anodina. ¿Y dónde comienza este cambio? ¿En qué punto se convierte la obra en puro espectáculo pueril? Sencillo: en el desaire que cada actor le ha hecho a su guión. Los fenómenos de los últimos días en este patio de butacas que es España dan buena cuenta de ello: asistimos impávidos a la función del político que no responde por sus actos ni a preguntas; del presidente de gobierno que a base de repetir la sandez del chantaje espera persuadir al oyente, buscando su empatía; del periodista que viola sistemáticamente su código deontológico, que no pregunta ni sabe preguntar, que se pliega ante el jefecillo de turno, que no respeta la verdad pues la ha reemplazado por el titular, a cual más amarillo mejor; asistimos, digo, a la salida del rebaño de juventudes que reproduce, cual borrego orwelliano, las frases hechas del político, al que aplaude con entusiasmo como el diputado servil al que aspira llegar a ser; contemplamos al fiscal, que le roba sin escrúpulos el papel al abogado del diablo; asistimos a la entrada de la oveja negra, la que se ha hecho con el tempo de la obra, pues la dirige a su antojo, marcando ella el ritmo, con la inestimable ayuda del poderoso medio de comunicación, el sofista de todo el siglo XX, que ya hace mucho tiempo abandonó la búsqueda de la verdad y la importancia de informar, malenseñando de paso al becario, entre otras cosas, para no cederles más terreno a las redes sociales, que ya le han aleccionado en que la única forma de mantenerse es haciendo de este espectáculo más espectáculo. Son estos los años de la desorientación. Ésta es la España de nuestros días. Y el gran responsable, aunque no el único, es el espectador, que bosteza porque ve la obra como ajena, que no se atreve a interrumpirla o a abandonar la sala pidiendo que le sea devuelto el dinero porque no es esto por lo que ha pagado, exigiendo mejores actores, un nuevo guión. Tan cómodo en su butaca, sólo escucha al más histriónico; con su asistencia pasiva legitima al resto de actores. Ocasionalmente comenta con otro una mentira oída, una enmienda falsa, una burla descarada, pero poco más. Todo su guión consiste en asistir y comentar. Es por eso por lo que el resto de malos actores se permite continuar insolentemente con la función.

Y en este escenario dantesco y poco alentador, ¿hay espacio para los buenos actores, aquellos cuyo rol se acerca más al ideal de la política democrática? Sin duda. Ocupan un pequeño espacio. Toda su labor consiste en hacerse oír, sin caer nunca en el método del más demagógico y del más amarillista, llevando a cabo la difícil tarea que hoy implica divulgar la verdad con argumentos racionales, sin prejuicios, sin el recurso a la estridencia, sin toda la energía puesta en el titular. Es la labor del que cree en la política como el oficio por el cual despertar del letargo al ciudadano para conseguir su inmediata y verdadera implicación en la obra, con el papel que le corresponde, devolviendo con cada paso, con cada acción, con cada palabra, un poco más de la dignidad robada a la misma. Es el actor que cree que la política no es el medio para desarrollar la obra sino que es la obra misma, indivisible de la democracia y sus presupuestos básicos: su ideal de ciudadano, la transparencia y exigencia de responsabilidad política, civil, administrativa, penal… el respeto a las instituciones, a los derechos civiles, políticos y sociales; la sumisión al Estado de Derecho y al Imperio de la Ley.

El guión del buen ciudadano es un libreto que aún está por terminar. No se ha escrito de una vez y por todas, sólo puede construirse poco a poco con una participación y una implicación activas en la obra, atendiendo a los valores de la democracia liberal, renunciando a los recursos de los pésimos actores, a los que se les ha tolerado por mucho tiempo el daño inmenso que han venido haciendo y que aún hacen a nuestro país.

Es mi intención llamar la atención sobre el grave problema ético que planea sobre los nuestros medios de comunicación, actores indispensables, sino los más importantes, porque, ¿quién ha visto en persona al Presidente del Gobierno?, ¿quién ha vivido físicamente de cerca los entresijos de nuestra política actual?: si lo pensamos detenidamente, todo lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos sabemos es gracias a los medios de comunicación. Sin éstos, cada persona tendría muy difícil el acceso a la información que resulta de nuestros procesos políticos. Que en Twitter esperemos en vilo la portada de un periódico, que mando en mano y frente a la televisión esperemos oír una declaración que nunca llega, son buenas muestras de la extraordinaria importancia de los medios de comunicación, que, para su alivio, parecen estar relegando a las redes sociales a simples pero potentes focos de opinión de sofá. ¿Y cómo podría resumir el problema ético de nuestros medios y de, dicho sea de paso, quienes los conforman? Hace ya tiempo que el periodismo debió dejar de sentarse en ruedas de prensa donde no se va a contestar nada. Hace ya tiempo que el periodismo perdió el respeto por la verdad, al acomodarse en una rueda de prensa a sabiendas de que al día siguiente las ventas de su periódico son el producto de la reproducción a toda página de engaños y sofismas, trampas y mentiras, porque por eso las considera importantes y las publica, para que vendan. Lo que importa es vender, vender espectáculo, si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente.

 

Hay mucho por hacer desde el mundo del periodismo. Pero también desde la práctica política. Todo puede empezar a cambiar si los políticos de nuestro país se toman en serio que la responsabilidad política es diferente de la jurídica, y de que, en todos los casos, aunque siempre se presuma la inocencia del político en tanto ciudadano, debe responder por las implicaciones políticas de sus actos privados y no tan privados. Esto es algo que los ciudadanos debemos recordarles constantemente, acostumbrados a exigir dimisiones pero a no hacer nada cuando éstas no se producen.

Andrés Álvarez Giraldo

Estudiante de Ciencia Política en Universidad de Valencia

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