Ciencia Política, Comunicación politica, Política

Tenía que escribirlo

No voy a repetir lo que ya todos sabemos: que UPyD surge con un mandato ético nítido de defensa de determinados principios desde los cuales regenerar el sistema político y democrático de este país. Lo que me mueve a escribir estas líneas es más bien denunciar la niebla moralista – no moral ni ética, moralista – con la que se está corrompiendo el debate interno desde la debacle de las andaluzas el día 22 de marzo. Poco a poco se ha ido sustituyendo el sano debate político, legal y hasta comunicacional por una actitud moralizante en virtud de la cual cada uno agarra los principios que más le convienen para pontificar, determinar qué es lo bueno y lo malo, y lo que es peor, apuntarse al carro de lo que otros digan que es lo bueno y lo malo. Tanto en la actitud moral como en la moralista hay un(os) bueno(s) y un(os) malo(s), pero en esta última el bueno soy yo y los malos son los otros: tras un examen multidisciplinar, el moralista acaba concluyendo que todo lo que hace el otro está mal porque, habiendo abandonado en el análisis las otras disciplinas, se queda con la moral, con su moral, para juzgar y sojuzgar.

– ¡Póngase en plan moralista!

En efecto, como ésa es la bruma que recorre todo el debate, y si aquí, desde la Primera Dama hasta el último mono nos hemos puesto moralistas, vengo, pues, a escribir aquí como el primero de ellos. ¿No te parece inmoral que si hay dos conductas políticas legales, el partido determine que una es inmoral y la otra no? ¿No te parece inmoral que un político del partido cobre más de 100.000 euros anuales? ¿No te parece inmoral que alguien se dedique a regenerar moralizando, vamos, aplicando sus principios a todos menos a sí mismo? ¿No te parece inmoral que un político del partido nos trate como si fuera nuestra madre? ¿No te parece inmoral que parezca inmoral disentir, lo que no es más que la monstruosidad de tener una opinión diferente? ¿No te parece inmoral que el partido done mas de 200.000 euros a una ONG con el único afán de notoriedad? A la caridad no se obliga. La caridad nace y la hace uno callado, todo lo demás es impostura, postureo, ahogada necesidad de cámaras. Ah, ¿ves? éstos son los peligros de convertir esto en un debate moralista. A ver si tras el Congreso se empieza a hacer de otra manera.

– De los 100.000 euros de sueldo no habías dicho nada, Andres. ¡Qué malo eres! Te lo habías callado, como muchos, y ahora te sobreviene esa idea.

Ya he dicho que si en el vértice se han puesto moralistas, me apunto yo también. Para moralista yo. Además, no creo en la inmutabilidad de las posturas políticas, no soy tan platónico. La gente opina y puede cambiar de opinión. Puede callar algo o decirlo cuando le plazca. Tras un shock es muy probable que alguien acabe opinando diferente sobre la misma cuestión, bien podría ser lo que le ha pasado a Toni Cantó y a Irene Lozano, y es totalmente legítimo. Exigirle a alguien pureza doxástica, entendida ésta como el hecho de mantener ad eternum la misma opinión es, en un partido, la actitud más totalitaria que pueda darse. Hay mucho pajarraco desquiciado exigiendo tal cosa: el Primer Insobornable.

– ¿Y no te parece inmoral lo del señor Calvet? Mira que los títulos no hacen al honesto…

Jamás he dicho eso. Me aterra que personas que no han acabado la carrera acusen a alguien de no irse de una institución por los jugosos 6000 euros mensuales que le reporta. Uno va y mira el curriculum del susodicho y se topa con que lleva 15 años en una institución europea, así que, conocer conocerá Europa. Así, pues, querría dejar abierta la posibilidad de que si no se va no es por los dichosos 6000 euros. Así que, mi crítica iba de nuevo más a la actitud moralista que a considerar la simpleza de que la suma de títulos hacen a alguien honrado. No hago juicios tan simples. La gente entiende lo que quiere y todo es muy legítimo. Puede que lo que vamos sabiendo del señor Calvet nos diga que no era tan honesto, pero puestos a moralizar, hagámoslo con todos. Ah no, que el moralizante sólo ve al malo en el contrario, arriba queda dicho.

– Déjese ya de moralinas y hábleme… no sé, de comunicación política, por parecer un poquito más multidisciplinares

Nefasta. Mira, el 23 de marzo yo juraba por mis muertos que Rosa se iba. Estaba seguro de que habría una dimisión en bloque de toda su dirección y un cambio de rumbo. Y así lo dije. Sinceramente esta derrota se puede atribuir a toda una serie de causas que tienen como base la disonancia cognitiva entre lo que el partido presenta como problema y lo que los ciudadanos consideran como problema. Si tú presentas la corrupción como el principal problema (yo opino así) y basas tu campaña en eso es porque quieres que la gente lo vea como tal. Es como ser vendedora de Avon. Y si no consigues que los que votan consideren que la corrupción es el principal problema del país, ahí tenemos un problema brutal de disonancia cognitiva. Y lo que es peor y desastroso: que consigas que la gente acabe asumiendo que la corrupción es el principal problema (con lo que se acaba la disonancia) y que aún así ni te voten. Es la catástrofe. Y como tal merece una responsabilidad mucho mayor de la que se ha producido. Te estoy hablando en términos estrictamente de comunicación, como los que voy a emplear para criticar el nuevo mantra: Rosa ha dicho ayer mismo que somos el primer partido que se marcó una fecha de caducidad: cuando no seamos necesarios para España. La primera pregunta honesta que hay que hacerse es: ¿para quién? Yo, partido, puedo estar muy seguro de que soy necesario para España pero la disonancia aparece cuando España deja de considerarme necesario, en cuyo caso ya se podría cerrar la paraeta (no se apresure el que siempre se apresura, que no me malinterprete por el amor de Dios, no estoy diciendo que haya que cerrar la paraeta ni que me voy a desafiliar o algo similar). ¿Dónde se marca la línea? ¿Cuando lo consideren los votantes o cuando lo considere yo? Si es cuando lo consideren los votantes, ya puedo ir cerrando; ahora bien, si es cuando lo considere yo, ya puedo empezar mi travesía de 40 años en el desierto… y sin maná. ¡Como no quiero cambiar el rumbo! A dar, pues, vueltas en línea recta, que es como siempre se ha perdido la gente.

Pura demagogia. Un puro agarrarse a la poltrona, una torticera argumentación que se basa en nuestra imbecilidad, en nuestra falta de crítica, en que muchos son rebaño y quieren seguir siendo rebaño. Sólo así es posible que haga lo que hace y no pase nada. Diciéndonos como nuestra madre coraje que somos autónomos e insobornables, lo que hace es sobornarnos imponiéndonos la visión menos autónoma.

Yo sí que soy insobornable.

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Žižek sobre el “gran Otro” lacaniano

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§ 1. ¿El gran qué?

Slavoj Žižek, en su libro Cómo leer a Lacan (Buenos Aires: Paidós, 2008) . Este libro que, si bien puede contener varios refritos para quien ya lo viene leyendo desde hace años, no deja de ser un texto bastante “divertido” y útil como introducción a Lacan y al propio Žižek). He estado escribiendo (aquí, aquí y aquí) cómo Žižek, en El espinoso sujeto, presenta algunas lecturas sobre Hegel que, si bien pueden ser bastante discutibles, no por ello dejan de ser interesantes. La razón por la cual me gustaría ahora dar el salto a este texto, texto que es mucho más “exotérico” que El espinoso sujeto, es porque ahí Žižek presenta su propia lectura de lo que significa el concepto lacaniano del “gran Otro”. Quiero vincular este concepto con lo anterior ya que Žižek, como ya se sabe,  hace una lectura lacaniana de…

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“¿Sustancia o sujeto?” “¡Sí, por favor!”

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“A lot of what I write is blah, blah, bullshit, a diversion from the 700-page book on Hegel I should be writing.”

 Slavoj Žižek, entrevista en The Guardian, 2011

Como se sabe, Slavoj Žižek no es lo que podríamos llamar un “pensador sistemático” (si es que existe tal cosa en la filosofía). He estado leyendo estas últimas semanas su ya conocido libro El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política (Buenos Aires: Paídós, 2005. El original fue publicado en la Editorial Verso en 1999). A pesar de que Žižek  es Žižek (me refiero a su particular estilo y manera de reflexionar filosóficamente o de “hilar” sus propias ideas), por momentos éste libros parecería ser lo más cercano que el esloveno tiene a un libro de filosofía “normal” (si tal cosa existe). Al margen de esto, el libro me llamó bastante la atención (aunque todavía no lo termino, me…

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Sobre la violencia terrorista

Quiero empezar previniéndoos de una falsa interpretación: no soy un horrendo izquierdista deseoso de acabar con lo poco que queda de este “sistema” ni quiero hacer en este artículo apología de la violencia revolucionaria. Únicamente quería señalar la aproximación terriblemente errónea desde la cual se nos explica y entendemos el fenómeno del terrorismo. Los hechos como los ocurridos ayer 7 de enero en París nos devuelven a la reflexión sobre uno de los problemas fundamentales sin los cuales ningún historiador podrá entender el siglo XXI.

Cuando vemos a todo el pueblo francés y europeo unido en repulsa contra estos horrendos actos, se nos queda la sensación de que de verdad, y muy muy en serio, nos creemos que el terrorismo es un desafío al Estado, a unos supuestos valores civilizatorios, a unos determinados derechos humanos, o a la civilización misma. No es raro: ciertamente se nos enseña el terrorismo como un desafío al Estado, por cierto, uno de los tres grandes desafíos. En mi carrera me explicaron que el Estado moderno estaba asediado por la 1) Globalización económica, 2) el retorno de la religión que amenazaba las todo laicas sociedades del bienestar europeas y el 3) terrorismo, como ataque directo al Estado y al bienestar.

Para explicar por qué creo que hay algo erróneo en este planteamiento, quisiera señalar antes qué opino sobre la violencia. Verdaderamente hay un elemento intrínseco de valentía en toda forma de violencia: es el momento en el cual un sujeto se pone por encima de otro y es capaz de señalar que es más fuerte y que en de alguna forma tiene un cierto poder sobre la vida del otro que el otro no posee. Incluso el Estado reconoce una forma realmente valiente de violencia: la defensa propia. Pues bien, ese sujeto violento puede ser una persona o un Estado, sin duda, pero no puede ser un terrorista, si tenemos en cuenta que la violencia debe medirse con respecto al objeto que se quiere cuestionar: un ladrón puede cuestionar violentamente mi derecho a la propiedad de mi móvil. ¡Y puede robarme! Es un valiente, porque yo jamás podría robarle nada a nadie, y menos por la fuerza. Entonces, en relación al objeto o forma que se pretende cuestionar, cualquier forma de violencia es indisociable a un elemento de valentía de quien la comete. Pero este elemento desaparece en el terrorismo. Es como sí, después de todo, esta forma de violencia llamada terrorismo fuera verdaderamente cobarde. Por pura ideología se nos enseña que el terrorismo es un desafío al Estado. Hay que decirlo claramente: ESO ES MENTIRA. El terrorismo es esencial, intrínsecamente cobarde, es la única forma cobarde de violencia. Si podemos decir que hay grados de valentía en cualquier forma de violencia, en el terrorismo está en su nivel más degenerado. Si el terrorismo fuera un desafío a los cimientos del Estado, si el Estado fuera su objeto cuestionable, ¿por qué no pone una bomba en la casa de George Bush o de los congresistas norteamericanos que llevaron a Estados Unidos a la guerra de Irak? De hecho, si os fijáis, en el mismo momento en que el terrorismo atacase al núcleo del poder, dejaría de ser terrorismo, porque dejaría de generar ese elemento de terror en la mayoría de la población, la eterna víctima (¿a qué persona puede aterrorizar una bomba puesta en casa de un criminal?). Si el terrorismo atacase el núcleo del poder opresivo, Estados Unidos tendría que haberse hundido tras los atentados del 11S, y muy al contrario, hoy es la incuestionable potencia militar del mundo, mucho más de lo que lo fuera en 2001. El terrorismo acaba elevando el poder del Estado a niveles nunca vistos (derecho penal del enemigo, leyes más restrictivas, militares por las calles).

Si el terrorismo es una reacción a un algo-que-aún-no-sabemos, es un puto fracaso. ¿O no será más bien que el poder lleva varias décadas aterrorizándonos con este fenómeno para distraernos, para desviar nuestra atención del hecho de que el verdadero cuestionamiento al Estado es la violencia revolucionaria, la violencia más valiente entre todas, la que de verdad iría contra el núcleo del poder que oprime siempre a los mismos? ¿Creeis que es casualidad que el terrorismo cobre importancia al hundirse utopía revolucionaria socialista?

Si nos adentramos en el escabroso terreno de la ética, diría que desde una ética kantiana, que está basada en la dignidad y los derechos humanos, el terrorismo ataca derechos segmentados del ser humano tales como la libertad de expresión y la vida, que no es poco. Pero este fenómeno, por ser tan novedoso, requiere de una ética más universalista, una ética que nos ayude a entender que lo que pasó ayer es un ataque directo a la humanidad, a esta capacidad que todos los seres humanos tenemos de, a través de nuestro intelecto, llegar a ciertas verdades que sirven para todos, y por tanto universales. Los sucesos de ayer son la auténtica maldad del derrumbe y la degradación del ser humano en su humanidad, con el agravante de que no van a lo fundamental, a cuestionar lo que bien podrían cuestionar; son la maldad hecha derrumbamiento no porque atacaran dos derechos fundamentales***, sino porque, a diferencia de las otras formas de violencia (que destruyen su objeto y van a lo esencial del mismo), lo que pasó ayer, siendo un acto perpetrado por dos sujetos que siguen una falsa verdad, que quieren imponerla matando y que no van a cuestionar con ello el poder opresor, nos están arrebatando al resto de la humanidad la capacidad de que lleguemos juntos a hallar las verdades universales, las que sirvan para todos, de que juntos podamos liberarnos de la opresión, de que juntos podamos luchar contra quienes de verdad nos están oprimiendo, algo que al parecer Charlie Hebdo hace magníficamente. En el terrorismo nos estamos matando entre hermanos.

Ahí lo dejo.

***la prensa hoy apenas parece recalcar uno, el que tiene que ver con ella; por cierto, dándose una antinomia en el hecho de que los medios de comunicación pueden encontrar muy buenos argumentos para defender la libertad de expresión como muy buenos argumentos para oprimirla, según les interese. Lo que debería llevarnos a reflexionar sobre si este enfoque de los derechos o libertades humanas no es muy interesado: los medios se valen de él para defender una cosa y la contraria, y al defender la contraria es casi siempre a favor de la “estabilidad institucional”, vamos, el statu quo. Pensad, pues, en cada uno de los derechos humanos: el poder mediático es capaz de encontrar buenos argumentos para la protección y defensa de la vida y buenos argumentos para su destrucción; y así, para el derecho al honor, al trabajo, al ocio, y a cada uno de los demás derechos, menos el de propiedad, claro.

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Sobre el amor y la salvación

Escribe Santo Tomás: ‘en Cristo se dio una caridad (amor o agapé) perfecta; sin embargo no se dieron ni la fe ni la esperanza’. Se puede entender que si para Santo Tomás de Aquino, Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, fue porque Cristo era Dios, y Dios no tiene necesidad de creer en Dios, porque se conoce a sí mismo, ni tiene nada que esperar, porque es a la vez omnisciente y omnipotente (sólo se espera lo que se ignora y uno no está seguro de alcanzar). ‘En Cristo no se dieron ni la fe ni la esperanza a causa de la imperfección que hay en ellas. Pero en lugar de la fe, tuvo una visión clarividente; y en lugar de la esperanza, una comprensión plena. Y por esta razón, la caridad fue perfecta en él’. Si Jesús, en opinión del propio Santo Tomás, nunca tuvo ni fe ni esperanza, ser fiel a Jesús no consiste en imitar su fe, ni tampoco su esperanza, sino eventualmente en imitar su visión y su comprensión, en la medida en que seamos capaces de hacerlo; y en cualquier caso, en imitar su amor. ¿Quién de nosotros se interesa por los evangelios a causa de los milagros? Prescindiría fácilmente de los milagros, pues desde luego no creo en ellos, y por lo demás muchos cristianos piensan, como yo, que lo importante en los Evangelios no es eso. Jesús era algo diferente a un faquir o a un mago. El amor, y no los milagros, es lo que constituye lo esencial de su mensaje. ¿Es más importante su carácter divino o el mensaje de su vida y sus parábolas? Si Jesús no hubiera resucitado, ¿daría esto la razón a sus verdugos? ¿Desacreditaría su mensaje de amor y justicia? Desde luego que no. Por eso lo esencial, que no es la salvación divina, sino “la verdad y la vida” permanece a salvo. ¿Existe una vida después de la muerte? De esto no sabemos nada. Los cristianos creen en ella, al menos la mayoría de las veces (muchos tienen, pues, fe y esperanza). Yo no. Pero hay una vida antes de la muerte, y esto es lo importante. No esperemos a ser salvados para ser humanos. Prescindamos de la fe y de la esperanza. Tener fe es creer y tener esperanza es esperar lo que no se tiene. En lugar de ello, ¡actuemos! “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no por mí” adquiere una nueva interpretación. No nos hace falta esperanza ni fe. Sólo amor. Si seguimos el camino del amor hallaremos el paraíso en la tierra, en nuestra vida misma. Con la acción y sobre todo con el amor, ya no necesitamos de esperanza ni de fe que nos hagan creer y esperar que el Paraíso está en otra parte. Con el amor el Paraíso lo hallaremos en nuestra vida, única por lo demás. El amor es el camino.

André Comte-Sponville

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“El Pueblo” y el sujeto político del siglo XXI

Con ocasión del debate sobre el proyecto de Ley Orgánica de Abdicación del Rey Juan Carlos I, llama la atención, aunque ya no sorprende, la apelación al “pueblo” que hacen los partidos de izquierdas y los partidos nacionalistas, para sustentar la legitimidad de la institución de la jefatura del Estado y para justificar los nuevos consensos sobre los que – dicen – debe surgir el modelo al que aspiran. Basar en el siglo XXI la legitimidad del poder político en un sujeto como el pueblo es muy peligroso, pues basta con que un solo individuo piense o actúe de forma diferente al resto para que quede completamente invalidada la idea de pueblo. El pueblo presupone uniformismo, homogeneización, nada más contrario a la pluralidad sobre la que se deben basar los consensos que las sociedades democráticas necesitan y reclaman.

 

Si ahora debemos dotarnos de un nuevo contrato social (y no digo en España sino en la mayoría de sociedades democráticas contemporáneas), algo que creo que así es y que terminará pasando, es interesante recordar en principio a Habermas, a Arendt, y al contractualismo del siglo XVIII. En Habermas he visto hace poco una distinción entre lo político y lo prepolítico, algo que espero trasladar a quienes me lean este artículo. Si la teoría del Contrato Social del siglo XVIII (es decir, el de Hobbes, Locke, Rousseau y Kant) tuvo que dotar de carácter político al pueblo, a la nación, etc. para poder justificar el poder resultante del pacto, la soberanía del Estado, ese carácter no podemos reconocérselo al sujeto del contrato del siglo XXI. Es ciertamente esperable que atribuyendo carácter político a estos sujetos, fuese más fácil superar la dominación, el oscurantismo, la legitimación divina de los reyes absolutistas, el estado de guerra del todos contra todos que había, y por ende, señalar el camino hacia una comunidad donde fuesen pueblo o nación los soberanos, legitimados racionalmente. No es muy sensato esperar que se hablara de ciudadanos individuales en aquella época, era más fácil recurrir a un pueblo como un todo, un todo que arrebatase la soberanía al monarca y se la quedara él en adelante.

 

Pero en el siglo XXI pueblo y nación ya se nos presentan como sujetos prepolíticos, anteriores a la comunidad política, son antiguallas. Y no digo ya sus pretendidos derechos y fueros. Hoy un pacto social no puede surgir de estos sujetos sin caer en lo irracional y lo ilegítimo. Nuestras sociedades ya establecieron el Estado de una forma racional hace tiempo, y por tanto ya no cabe que la justificación teórica de la soberanía se siga basando en conceptos etéreos que homogeneizan más que reconocen la pluralidad. Por tanto, para asegurar la pluralidad y no devenir en tiranía, el sujeto político del siglo XXI, aquel que debe reformular los consensos, son los ciudadanos sujetos de derechos. Toda fuerza política que intente dotar de carácter político al pueblo, a la nación, al proletariado, y que encima pretenda reconocerle derechos en cuanto tal, es como mínimo merecedora de desconfianza desde el primer momento.

 

Esta idea del carácter político del hombre ya está en Aristóteles, conviene recordarlo aunque sea obvio: el ser humano es un animal político o zoon politikon. Creo también que esta idea encuentra su máxima perfección en Hanna Arendt, para quien la política forma parte de la condición humana, de su propia naturaleza. En ella, de la misma manera que ladrar forma parte de la naturaleza de un perro, la política forma parte de la naturaleza del hombre. Es probable que Arendt desarrollara esta idea para elaborar su crítica fundamental al totalitarismo, quien otorgó carácter político al hombre en tanto miembro de un pueblo, una nación o un proletariado, derivando en el peor uniformismo de nuestra historia y en la peor negación de la condición humana que fue el nazismo y el estalinismo.

Al incardinar la política en la naturaleza humana, Arendt nos está diciendo que ya no hacen falta los conceptos de polis (Aristóteles y Platón), de pueblo (Rousseau) o nación (Robespierre) para dar sentido a la comunidad política y para firmar nuestro nuevo contrato. Nos quedamos, pues, con los ciudadanos, único sujeto político ya porque ya tiene el Estado y el Imperio de la ley racional y deliberada, sólo que quiere modificar los términos del contrato desde la pluralidad intrínseca a su condición. Y para garantizar su pluralidad, sólo cabe entenderlos como individuos. Desarrollando su propia naturaleza el ser humano, en sociedad con los otros, no es más que uno más de los muchos ciudadanos. Si la política es la expresión de la condición humana en la pluralidad (Arendt), la ciudadanía no es más que ese desarrollo social de nuestra propia naturaleza. La ciudadanía surge de mi condición en la pluralidad, no de un ente etéreo uniformizante. La ciudadanía no tiene, pues, un fundamento colectivista sino simplemente colectivo, derivado de nuestra condición humana en ejercicio con la de los otros. Y conviene que su defensa sea más racional que afectiva, dado que es evidente que los peligros son los de siempre, tienen la misma raíz: dotar de un carácter individual y uniforme a un ente que está formado por la más extensa pluralidad, la sociedad.

 

Si no queremos caer en la tiranía de la mayoría y si no queremos que nuestra democracia muera de excesos, evitemos el uso de los conceptos que por necesidad fueron políticos para los mejores filósofos de la Ilustración, pero que ahora quedan como anteriores a la política. Hay que agradecerles su fuerza teórica, pues nos dio la libertad con la que hoy contamos, pero se nos hace prioritario reformularlos en el sentido ya descrito o corremos el riesgo de que se repita la historia, y no precisamente para bien.

 

En un día como hoy en el que se ha producido un debate muy importante en la sede de nuestra soberanía, celebro formar parte de la que es quizá la única fuerza política de nuestro país que ha captado esta idea en toda su dimensión.

 

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Política

La política como melodrama

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“La metáfora del espectáculo – la política como puesta en escena – es la que mejor explica los principios y procesos de la comunicación política. A fin de cuentas, la mayor parte de la gente ve la política hoy desde el sillón de su casa y habla de ella como si se tratara de una representación ajena. La inmensa mayoría no participa nunca; si lo hace, es a duras penas votando cada cuatro años. Los gobernantes se saben actores cuyo desempeño depende no tanto de lo que hacen como del resultado final de su representación. Y los medios, sus propietarios y sus trabajadores son conscientes de que, por serios y responsables que pretendan ser, deben ofrecer un espectáculo si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente”.

He querido comenzar estas líneas con unas palabras del politólogo Luis Arroyo que hacen un diagnóstico bastante acertado de la forma en que se comportan actualmente en España los actores implicados en esta puesta en escena que es la política, desde una particular visión aportada por la comunicación política. Una forma muy operativa de entender la política viene desarrollándose en este campo, y consiste en verla como un escenario en el cual todo ciudadano, sin excepción, tiene un papel, no necesariamente predecible o pronosticable, y que puede llevar a cabo, de cualquier manera, sin que esto implique que el investigador desatienda un tipo ideal de comportamiento desde el cual juzgar la representación actoral. Yo personalmente considero que esta aproximación, entender la política como una puesta en escena teatral, es una forma muy interesante de acercarnos, investigadores y ciudadanos de a pie, a los fenómenos políticos, juzgarlos y a lo sumo entenderlos, algo harto difícil en un contexto de pura desorientación interpretativa como el actual, en el que cada actor parece estar alejándose de ese papel ideal que le había otorgado la política democrática.

Si algo es compartido en este campo es que esta gran pieza teatral, sea tragedia, drama o comedia, es un espectáculo, con visos de tragicomedia tediosa y anodina. ¿Y dónde comienza este cambio? ¿En qué punto se convierte la obra en puro espectáculo pueril? Sencillo: en el desaire que cada actor le ha hecho a su guión. Los fenómenos de los últimos días en este patio de butacas que es España dan buena cuenta de ello: asistimos impávidos a la función del político que no responde por sus actos ni a preguntas; del presidente de gobierno que a base de repetir la sandez del chantaje espera persuadir al oyente, buscando su empatía; del periodista que viola sistemáticamente su código deontológico, que no pregunta ni sabe preguntar, que se pliega ante el jefecillo de turno, que no respeta la verdad pues la ha reemplazado por el titular, a cual más amarillo mejor; asistimos, digo, a la salida del rebaño de juventudes que reproduce, cual borrego orwelliano, las frases hechas del político, al que aplaude con entusiasmo como el diputado servil al que aspira llegar a ser; contemplamos al fiscal, que le roba sin escrúpulos el papel al abogado del diablo; asistimos a la entrada de la oveja negra, la que se ha hecho con el tempo de la obra, pues la dirige a su antojo, marcando ella el ritmo, con la inestimable ayuda del poderoso medio de comunicación, el sofista de todo el siglo XX, que ya hace mucho tiempo abandonó la búsqueda de la verdad y la importancia de informar, malenseñando de paso al becario, entre otras cosas, para no cederles más terreno a las redes sociales, que ya le han aleccionado en que la única forma de mantenerse es haciendo de este espectáculo más espectáculo. Son estos los años de la desorientación. Ésta es la España de nuestros días. Y el gran responsable, aunque no el único, es el espectador, que bosteza porque ve la obra como ajena, que no se atreve a interrumpirla o a abandonar la sala pidiendo que le sea devuelto el dinero porque no es esto por lo que ha pagado, exigiendo mejores actores, un nuevo guión. Tan cómodo en su butaca, sólo escucha al más histriónico; con su asistencia pasiva legitima al resto de actores. Ocasionalmente comenta con otro una mentira oída, una enmienda falsa, una burla descarada, pero poco más. Todo su guión consiste en asistir y comentar. Es por eso por lo que el resto de malos actores se permite continuar insolentemente con la función.

Y en este escenario dantesco y poco alentador, ¿hay espacio para los buenos actores, aquellos cuyo rol se acerca más al ideal de la política democrática? Sin duda. Ocupan un pequeño espacio. Toda su labor consiste en hacerse oír, sin caer nunca en el método del más demagógico y del más amarillista, llevando a cabo la difícil tarea que hoy implica divulgar la verdad con argumentos racionales, sin prejuicios, sin el recurso a la estridencia, sin toda la energía puesta en el titular. Es la labor del que cree en la política como el oficio por el cual despertar del letargo al ciudadano para conseguir su inmediata y verdadera implicación en la obra, con el papel que le corresponde, devolviendo con cada paso, con cada acción, con cada palabra, un poco más de la dignidad robada a la misma. Es el actor que cree que la política no es el medio para desarrollar la obra sino que es la obra misma, indivisible de la democracia y sus presupuestos básicos: su ideal de ciudadano, la transparencia y exigencia de responsabilidad política, civil, administrativa, penal… el respeto a las instituciones, a los derechos civiles, políticos y sociales; la sumisión al Estado de Derecho y al Imperio de la Ley.

El guión del buen ciudadano es un libreto que aún está por terminar. No se ha escrito de una vez y por todas, sólo puede construirse poco a poco con una participación y una implicación activas en la obra, atendiendo a los valores de la democracia liberal, renunciando a los recursos de los pésimos actores, a los que se les ha tolerado por mucho tiempo el daño inmenso que han venido haciendo y que aún hacen a nuestro país.

Es mi intención llamar la atención sobre el grave problema ético que planea sobre los nuestros medios de comunicación, actores indispensables, sino los más importantes, porque, ¿quién ha visto en persona al Presidente del Gobierno?, ¿quién ha vivido físicamente de cerca los entresijos de nuestra política actual?: si lo pensamos detenidamente, todo lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos sabemos es gracias a los medios de comunicación. Sin éstos, cada persona tendría muy difícil el acceso a la información que resulta de nuestros procesos políticos. Que en Twitter esperemos en vilo la portada de un periódico, que mando en mano y frente a la televisión esperemos oír una declaración que nunca llega, son buenas muestras de la extraordinaria importancia de los medios de comunicación, que, para su alivio, parecen estar relegando a las redes sociales a simples pero potentes focos de opinión de sofá. ¿Y cómo podría resumir el problema ético de nuestros medios y de, dicho sea de paso, quienes los conforman? Hace ya tiempo que el periodismo debió dejar de sentarse en ruedas de prensa donde no se va a contestar nada. Hace ya tiempo que el periodismo perdió el respeto por la verdad, al acomodarse en una rueda de prensa a sabiendas de que al día siguiente las ventas de su periódico son el producto de la reproducción a toda página de engaños y sofismas, trampas y mentiras, porque por eso las considera importantes y las publica, para que vendan. Lo que importa es vender, vender espectáculo, si quieren captar la atención de la audiencia de la que dependen económicamente.

 

Hay mucho por hacer desde el mundo del periodismo. Pero también desde la práctica política. Todo puede empezar a cambiar si los políticos de nuestro país se toman en serio que la responsabilidad política es diferente de la jurídica, y de que, en todos los casos, aunque siempre se presuma la inocencia del político en tanto ciudadano, debe responder por las implicaciones políticas de sus actos privados y no tan privados. Esto es algo que los ciudadanos debemos recordarles constantemente, acostumbrados a exigir dimisiones pero a no hacer nada cuando éstas no se producen.

Andrés Álvarez Giraldo

Estudiante de Ciencia Política en Universidad de Valencia

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